Cuántos son mis adversarios
Muchos son, SEÑOR, mis enemigos.
Salmos 3:1 (NVI)
El Salmo 3 nace en la peor noche de David: huyendo de su propio hijo, traicionado por su consejero, con el título provisional. Él informa a Dios sin filtro: muchos son, Señor, mis enemigos; muchos son los que se me oponen. Y los enemigos encima predicaban: «Dios no lo librará». Rodeado de gente y de palabras, David hace lo que todo acorralado debe hacer: convertir el informe del miedo en oración. «Muchos» se vuelve el primer versículo, no la última palabra.
La fe cuenta adversarios sin rendirse a ellos. David no minimiza, son muchos de verdad, pero tampoco concluye: el salmo termina con la bendición sobre el pueblo y la certeza de que la salvación viene del Señor. Entre los «muchos» del versículo uno y el «tú eres escudo» del versículo tres ocurre el giro que toda presión necesita: mirar hacia arriba en lugar de contar alrededor. Adversarios se cuentan; Dios se contempla.
Hoy, escribe tu versículo uno con honestidad: nombra los muchos, deudas, diagnósticos, conflictos, tentaciones. Después pasa la página al versículo tres: declara el escudo, acuéstate en paz, duerme confiando. Muchos son los adversarios, sí; pero Uno es el Libertador, y Uno basta.