Llamados hijos de Dios

· Tema: humildad

Que se nos llame hijos de Dios. ¡Y lo somos!

1 Juan 3:1 (NVI)

Juan se asombra en voz alta: ¡fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos! No «empleados», no «voluntarios», no «admiradores»: hijos. Y lo subraya, ¡y lo somos!, como quien no cree su propia suerte. Hijo no se postula, no se compra, no se merece: hijo se recibe, se adopta, se engendra. Nuestra identidad más profunda es un regalo envuelto en amor.

La humildad de hijo es distinta de la humildad de siervo: el siervo se inclina por deber, el hijo se acerca por amor. Los hijos piden sin ceremonia, se equivocan y vuelven, ocupan la mesa sin invitación formal. Y Juan advierte: el mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a Él. Quien no conoce al Padre extraña a los hijos: la incomprensión ajena es el sello de nuestra filiación, no la señal de nuestro fracaso.

Hoy, vive como hijo: entra a su presencia sin cita, pide sin regatear, descansa sin probar. Y trata a otros como hermanos, sobre todo a quienes el mundo desprecia. Llamados hijos de Dios: tres palabras que valen más que todos los títulos que perseguiste.

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