El amor que no se rinde
Amón fue sepultado en su sepulcro, en el jardín de Uza. Y su hijo Josías lo sucedió en el trono.
2 Reyes 21:26 (NVI)
El capítulo 21 de 2 Reyes cuenta una de las historias más oscuras de la Biblia: Manasés ascendió al trono siendo un niño y pasó cincuenta y cinco años haciendo lo que el Señor reprueba. Reconstruyó los altares idólatras que su padre había demolido, levantó altares a Baal y arrastró a una nación entera lejos de Dios. Leído así, parece el final del camino: ¿cómo amar a un pueblo que insiste en perderse?
Pero la historia no terminó en Manasés. Dios no canceló la alianza por la infidelidad humana: después de él vino Josías, que protagonizaría una de las mayores reformas espirituales de Israel. El amor de Dios atraviesa generaciones malas sin contaminarse con ellas: disciplina, espera y vuelve a empezar donde parecía no haber salida.
Ese es el retrato más fiel del amor que describe Juan: el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor, un amor que no se rinde. Tal vez mires a tu familia, tu pasado o a alguien lejano y pienses que ya pasó el punto de retorno. No ha pasado. El mismo Dios que guardó una descendencia de esperanza después de Manasés sigue escribiendo continuaciones. Mientras Él ame, siempre hay un próximo capítulo.