El Pastor que nos conduce
Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad, y cual pastor guíalos por siempre.
Salmos 28:9 (NVI)
Hay días en que orar se siente como hablarle a una pared. David conocía bien esa sensación, y con ella abrió el Salmo 28: «A ti clamo, Señor, roca mía; no te desentiendas de mí». Fíjate en su honestidad: no finge que todo está bien ni deja de clamar. Lleva el silencio dentro de la oración, en lugar de dejar que el silencio lo saque de la oración. Y ahí es donde el salmo gira: el mismo David que empezó suplicando ser escuchado termina afirmando que fue escuchado, porque el Señor es la fortaleza de su pueblo.
El final del salmo guarda su imagen más hermosa para tus relaciones: Dios cuida a su pueblo como un pastor y lo guía por siempre. No solo responde clamores; conduce personas. Y quien ha sido conducido aprende a conducir: a escuchar el desahogo de un amigo sin prisa, a permanecer junto a alguien en silencio, a amar con gestos concretos. Jesús puso la medida de ese amor cuando mandó que nos amáramos unos a otros como Él nos amó.
Hoy, si te sientes invisible entre la multitud, haz lo que hizo David: clama. Y después mira a tu alrededor: tal vez alguien necesite justo el cuidado que a ti te gustaría recibir.